El pasado miércoles tuve la
oportunidad de dar clase a los alumnos del Máster de Acceso al Ejercicio de la Abogacía de la
Universidad Carlos III, por vez primera. Fue un curso sobre negociación,
materia que me apasiona y que gracias a la colaboración constante y entusiasta
de los alumnos, las tres horas de clase se pasaron en un suspiro. Tal fue así que algunas técnicas
se quedaron en el tintero. Por ello, una vez más, utilizo este espacio para
desquitarme y dar unas pinceladas sobre algo en lo que me hubiese gustado
profundizar: el Método Harvard de Negociación.
Este método que desarrolló la
prestigiosa Universidad de Harvard por medio de sus profesores Roger Fisher y
William Ury, nos facilita unas serie de habilidades para que la negociación
llegue a buen puerto y que rompen absolutamente con la creencia generalizada
que asemeja la negociación a una dura batalla.
Establece el Método Harvard que
cualquier negociación debe atender a tres necesidades:
- Debe conducir a un acuerdo
sabio o prudente
- Debe ser eficiente
- Debe mejorar, o al menos
no dañar la relación existente entre las partes
Y para llegar a un acuerdo que
pueda satisfacer estas tres necesidades prioritarias, el método nos exige que
nuestra actuación como negociadores se rija por cuatro ideas;
1. Separar a la persona del
problema. Quizás esta premisa sea la más complicada de llevar a cabo, ya que para
cualquier persona no resulta nada fácil desprenderse del envoltorio de la
subjetividad que le cubre. Y aún menos cuando tenemos un problema, pues es entonces actuamos
como seres pasionales, nada racionales.
La
clave para poder aplicar esta técnica radica en ponernos en el lugar de
la otra parte, y ser capaces de ver el conflicto desde otra perspectiva
completamente distinta a la que acostumbramos. Esto es necesario porque solemos vernos a nosotros
mismos a la luz de nuestras intenciones, mientras que a los demás los vemos a la luz de sus
acciones. Debemos cambiar esto último y tratar de, primero comprender si
queremos después ser comprendidos.
Ante
cualquier proposición u oferta de la otra parte, le haremos saber que nos
parece una propuesta digna y que tendremos que valorarla. Quizás así hagan lo
mismo con nosotros. Y, ¡ojo!, entrar a valorar no significa aceptar.
2. Centrarse en las posiciones y
no en los intereses. Desde el punto de vista de las posiciones, una negociación
puede asemejarse a un partido de tenis. Dos partes bien diferenciadas en el que
uno gana y otro pierde, en el que uno aprieta y otro cede. Sin embargo, para
ser un buen negociador hay que superar esta distinción de posiciones y
averiguar cuáles son los intereses subyacentes de las partes para tratar de
satisfacerlos. Los intereses que suelen primar en las personas tienen que ver
con las necesidades humanas básicas, tales como la seguridad, el bienestar
económico o el reconocimiento. En la mayor parte de las controversias es posible
llegar a un acuerdo en el que se vean cubiertos los intereses de todas las
partes, sin necesidad de que ninguna de ellas sea perjudicada por
el acuerdo. El origen del conflicto suele estar en malentendidos causados por
una deficiente comunicación. Tal y como sostiene el premio Nobel de la paz Kofi
Annan: "el 10% de los conflictos se debe a una diferencia de
opinión y el 90% a un tono de voz equivocado".
3. Cuantas más opciones generemos,
más ganaremos. Hemos de tener en cuenta que las soluciones al conflicto no
tienen porqué estar ya inventadas, podemos ingeniar opciones creativas que
produzcan un beneficio mutuo, ya que ningún conflicto es exactamente igual a
otro. El acuerdo que en uno nos ha funcionado, en otro, seguramente, no nos
servirá. Para esta modalidad del método, el brainstorming va como anillo al dedo. La lluvia de ideas (brainstorming) consiste, a grandes
rasgos, en enumerar ideas sin que estas sean prematuramente juzgadas como
viables o no, de modo que se citan una inmensa cantidad de soluciones, para, en
un momento posterior, entrar a analizarlas y entre una amplia gama, elegir la
más idónea.
4. Basar
las decisiones en criterios objetivos. De nuevo se hace hincapié en la necesidad de que
la objetividad prime en la negociación y se vea plasmada en el acuerdo
alcanzado. Acudir a un tercero, ajeno al conflicto y especialista en la materia
puede ser una buena solución. De ahí que muchos juicios se decanten hacia un
lado u otro en función de las conclusiones del perito judicial. Las partes
tienen que ver satisfechos sus intereses con la sensación de que el acuerdo es
justo.
Estas
premisas son aplicables y darán un gran resultado si enfrente tenemos un
negociador con el que podemos hablar, pero somos conscientes que en
ocasiones tendremos que negociar con radicales, hooligans o talibanes. Cuando
nos encontremos con personas de este tipo, el Método Harvard aconseja usar el
“AMAN” (Alternativa Mejor a un Acuerdo Negociado), que básicamente consiste en
preparar bien el asunto antes de la negociación estableciendo pros y contras de
no llegar a un acuerdo y analizando cuáles son las alternativas posibles. De este
modo sabremos de antemano hasta qué punto nos conviene cerrar o no un acuerdo,
y tendremos un margen de seguridad con el que nos podremos mover dentro de la negociación.
Resumiendo: la esencia de la negociación «de principios» consiste
en separar persona y problema, en centrarse en los intereses y no en las
posiciones, en idear opciones para la ganancia mutua, y en insistir en
criterios objetivos, alguna norma o principio externos que las partes puedan
compartir.
No siempre va a ser posible llegar a un acuerdo, pero
te aconsejo que pruebes este método en la próxima negociación que tengas, ya
sea en el trabajo, en casa o en el bar. Recuerda que no importa cuánto sabes
sino cuánto aplicas lo que sabes. Saberlo y no aplicarlo es la peor de las
ignorancias.

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